Comprendo que no entiendas mi silencio

Comprendo que no entiendas mi silencio.

Pero no me pidas que desahogue las penas que guardo porque no ayudaría a sentirnos mejor.

Porque no lo vas a entender.

Porque no lo quiero intentar.

Porque es mío y tú probablemente lo ensucies con juicios y suposiciones.

Me preguntas porqué estoy tan seguro y es porque ni siquiera entiendes mi silencio.

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El beso más hermoso

Y entonces la besé.

Fue como besar al pecado más castigado; al tabú más vergonzoso.

Un delito cometido simultáneamente por dos personas.

Sentí sus labios de textura suave y húmeda mientras su respiración formaba parte de la mía. 

Su olor dejó de ser un misterio para convertirse en deseo.

Un deseo compartido que estaba por encima de ella y de mi.

Por encima de lo que tanto soñé.

Por encima del amor.

Así, el beso al pecado fue el beso más hermoso.

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El tornillo

Y digo yo, que después de haber pasado la noche dándole vueltas a un tornillo sin cabeza que se resbalaba sin cesar, que quizá debería haber cogido unos alicates con un poco más de realismo, en vez de empecinarme, como siempre, en que las herramientas de toda la vida, de las de antaño…de cuando yo era niño, son perfectas para volver a apretar con fuerza cualquier pieza suelta que roce en el interior de mi cráneo cada vez que me doy la vuelta en la cama. Hoy por la mañana, me di cuenta que en algún momento del REM, el tornillo cesó en sus correrías nocturnas y di por hecho (soy un experto en eso), que volvía a estar completamente sujeto a su sitio. Me agaché bajo la cama, pegué mi cara al suelo para seguir con la vista toda la superficie de mi habitación hasta que el zócalo que rompía el horizonte y cientos, quizá miles de manojos de polvo me indicaron que no estaba el tornillo en el suelo. Agité la cabeza y no sonó nada. Poco a poco me fui incorporando. En el dormitorio la cama permanecía totalmente revuelta, dato inequívoco de la mala noche. Me dirigí a la cocina y vi que los platos se amontonaban en el fregadero, dato inequívoco de una cena copiosa. En el baño la tapa levantada, evidenciando unas prisas.

Estaba todo revuelto, pero debía irme a trabajar.

A la noche siguiente, cuando regresé a casa, volví a cenar y dejé los platos sucios amontonados sobre los que llevaban toda la semana descansando en su nuevo sitio; no cerré la tapa al salir del baño, y me acosté sobre las sábanas revueltas.

El sueño llegó en lo que tardé en masturbarme y leer una página de la mierda de libro que me recomendaste.

Apagué la luz y el tornillo empezó otra vez a sonar.

Debía limpiar un poco la casa…

Sólo por eso; sólo por no dormir bien, lamento tu ausencia. Por lo demás, puedo vivir perfectamente solo.

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No te preocupes

No te preocupes. 

Si alguna vez nos volvemos a ver, encerraré mis ojos en cualquier cosa que no seas tú; meteré mis manos en los bolsillos, mis comentarios en mi estómago y mis deseos en el saco de las resignaciones.

En ningún momento sabrás que aún pienso en ti. A no ser que me preguntes. Pero tampoco te preocupes, ya sabes que se me da bien mentirte.

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Isla pies lindos

La isla pies lindos está perimetrada con pequeñas calas de fina arena.

La playa más larga es corta, como el acceso a mis recuerdos, aunque el diámetro que une los extremos de la isla es muy largo, como mi agonía.

Ahora la recorro a diario.

A veces se me hace corto y a veces más largo, aunque siempre vaya a parar al mismo sitio; al recuerdo de tus pies lindos que dan nombre a mi isla.

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¡Un secreto!

Un mismo secreto fue lo que los separó para siempre.

Hasta su muerte.

Entonces cayó en la más grande de las tumbas comunes, donde descansan los secretos más bellos y crueles; donde renuncian los amores imposibles y otros que quedaron en leves atisbos de pureza y hermosura.

Ya nadie sabrá.

Nació sin pretenderlo, y su destino era pudrirse bajo tierra, en un purgatorio de verdades y mentiras.

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Calle abajo

Todos los días a la misma hora, un hombre viejo con zapatos sucios y camisa a cuadros camina calle abajo. Probablemente sea un vagabundo en busca de limosna para bebida; o eso es lo que he imaginado hoy.

Siempre que lo veo pienso algo distinto. Creo que depende de la música que en ese momento esté escuchando.

Ahora, todos los días a la misma hora me asomo por la ventana de mi trabajo disimuladamente, a ver qué nuevo misterio me propone ese enigmático personaje que no sabe que lo vigilo, ni yo sé cómo se llama.

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¿Bailamos?

Ella bailaba con la triste y anaranjada luz de una mesa de noche; pero lo hacía con entusiasmo, porque para ella era la luna, mientras que para mi no dejaba de ser una insignificante irradiación lumínica.

Con el tiempo empecé a notar una semejanza quizá producida por la seducción de una nostalgia cómoda y tibia.

Hace unos días quise disculparme por mi incomprensión pero ella no me escuchó. Tan sólo tomó mi mano y me invitó a bailar.

Bajo la luz de la luna no hay reproches ni disculpas. Ni ayer ni hoy. Bajo la luz de la luna sólo se baila.

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Experimento forense

No era la primera vez que veía un cadaver, pero esta vez dudaba si realmente estaba muerto. Me extrañaba algunas cosas. No sabía si los movimientos de las extremidades eran impulsos o reflejos post-mortem o reacciones ante las implosiones de órganos fermentando.

Creo que durante un par de segundos fui capaz de ignorar la duda, pero el gen simio que hay en mi hizo despertar mi curiosidad.

Recordé algunos episodios de los digestivos documentales de televisión, en los que unos pacientes chimpances introducían un fino palo por unos agujeros en unos troncos y capturaban diminutas termitas que devoraban como un exquisito manjar.

Decidí imitarlos y utilizar cualquier cosa alargada que pudiera usar de efectiva herramienta médica para comprobar si un cuerpo realmente carecía de vida.

Lo único que encontré fue un cepillo de dientes.

Armado con mi sofisticado artilugio, estiré la mano y le di un golpito al difunto cadaver.

Su cuerpo se revolvió bruscamente y se aferró al incordiante cepillo. Mi reacción fue tirar el elemento de unión lo más lejos posible de mi aversión.

Salí corriendo de la estancia, huyendo del susto y por supuesto, sin prestar auxilio al moribundo.

Moraleja: Aunque en el baño del trabajo no hayan revistas, no intentes entretenerte hurgando a las cucas moribundas.

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Bella dignidad idiota

Juegas con la ventaja que te otorga mi dignidad; la misma que provoca tu ira e ignora mi impotencia, pero no mi indiferencia; pues aunque no quiera caer en la pura mezquindad de tu juego, no significa que ahora mismo no lo desee.

Pero no lo lograrás; aunque pierda tu batalla por una emboscada de improperios y vejaciones que te harán marcharte con tu victoria de ignorante y yo quedarme con una bella dignidad idiota, porque la quiero ver linda pero no sirve para nada.

Esa dignidad que quedó a salvo a expensas de mi orgullo.

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