¡Un secreto!

Mayo 5th, 2008 by lisandrorodriguez

Un mismo secreto fue lo que los separó para siempre.

Hasta su muerte.

Entonces cayó en la más grande de las tumbas comunes, donde descansan los secretos más bellos y crueles; donde renuncian los amores imposibles y otros que quedaron en leves atisbos de pureza y hermosura.

Ya nadie sabrá.

Nació sin pretenderlo, y su destino era pudrirse bajo tierra, en un purgatorio de verdades y mentiras.

Calle abajo

Abril 16th, 2008 by lisandrorodriguez

Todos los días a la misma hora, un hombre viejo con zapatos sucios y camisa a cuadros camina calle abajo. Probablemente sea un vagabundo en busca de limosna para bebida; o eso es lo que he imaginado hoy.

Siempre que lo veo pienso algo distinto. Creo que depende de la música que en ese momento esté escuchando.

Ahora, todos los días a la misma hora me asomo por la ventana de mi trabajo disimuladamente, a ver qué nuevo misterio me propone ese enigmático personaje que no sabe que lo vigilo, ni yo sé cómo se llama.

¿Bailamos?

Abril 15th, 2008 by lisandrorodriguez

Ella bailaba con la triste y anaranjada luz de una mesa de noche; pero lo hacía con entusiasmo, porque para ella era la luna, mientras que para mi no dejaba de ser una insignificante irradiación lumínica.

Con el tiempo empecé a notar una semejanza quizá producida por la seducción de una nostalgia cómoda y tibia.

Hace unos días quise disculparme por mi incomprensión pero ella no me escuchó. Tan sólo tomó mi mano y me invitó a bailar.

Bajo la luz de la luna no hay reproches ni disculpas. Ni ayer ni hoy. Bajo la luz de la luna sólo se baila.

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Experimento forense

Abril 4th, 2008 by lisandrorodriguez

No era la primera vez que veía un cadaver, pero esta vez dudaba si realmente estaba muerto. Me extrañaba algunas cosas. No sabía si los movimientos de las extremidades eran impulsos o reflejos post-mortem o reacciones ante las implosiones de órganos fermentando.

Creo que durante un par de segundos fui capaz de ignorar la duda, pero el gen simio que hay en mi hizo despertar mi curiosidad.

Recordé algunos episodios de los digestivos documentales de televisión, en los que unos pacientes chimpances introducían un fino palo por unos agujeros en unos troncos y capturaban diminutas termitas que devoraban como un exquisito manjar.

Decidí imitarlos y utilizar cualquier cosa alargada que pudiera usar de efectiva herramienta médica para comprobar si un cuerpo realmente carecía de vida.

Lo único que encontré fue un cepillo de dientes.

Armado con mi sofisticado artilugio, estiré la mano y le di un golpito al difunto cadaver.

Su cuerpo se revolvió bruscamente y se aferró al incordiante cepillo. Mi reacción fue tirar el elemento de unión lo más lejos posible de mi aversión.

Salí corriendo de la estancia, huyendo del susto y por supuesto, sin prestar auxilio al moribundo.

Moraleja: Aunque en el baño del trabajo no hayan revistas, no intentes entretenerte hurgando a las cucas moribundas.

Bella dignidad idiota

Abril 2nd, 2008 by lisandrorodriguez

Juegas con la ventaja que te otorga mi dignidad; la misma que provoca tu ira e ignora mi impotencia, pero no mi indiferencia; pues aunque no quiera caer en la pura mezquindad de tu juego, no significa que ahora mismo no lo desee.

Pero no lo lograrás; aunque pierda tu batalla por una emboscada de improperios y vejaciones que te harán marcharte con tu victoria de ignorante y yo quedarme con una bella dignidad idiota, porque la quiero ver linda pero no sirve para nada.

Esa dignidad que quedó a salvo a expensas de mi orgullo.

Los más bellos cuentos (Cuento en Adagio man non troppo)

Abril 2nd, 2008 by lisandrorodriguez

Los más bellos cuentos salieron de su imaginación el mismo día que la más profunda nostalgia invadió su vida. Era una nostalgia perra y absurda, como todas, pero ésta se diferenciaba por la intensidad de su arraigo. Por eso sus cuentos eran tan bellos y tristes.

Todos sus lectores se sentían identificados con su manera de contar la cotidianeidad; la forma tan sencilla y concisa que tenía de explicar los momentos más sencillos.

Los sentimientos y escenas comunes a todo el mundo, pintadas en frases perfectas y párrafos de coloreadas emociones.

Sus libros alcanzaron verdaderos éxitos de venta y éstas le otorgaron grandes beneficios. Se convirtió en un aclamado escritor; admirado y deseado.

Así, con todas las oportunidades, encontró la riqueza, el amor y la felicidad. Por primera vez, parecía que la prosperidad emocional volvía a su vida.

Tras una merecida pausa, su editorial le pedía otro cuento. Era hora de volver a trabajar.

Se sentó noche tras noche delante de una hoja en blanco. La misma hoja y el mismo blanco que permaneció sobre la misma mesa día tras día.

No lo entendía. Preguntó a profesionales, consultó a médicos, incluso recurrió al esoterismo y a la desesperación, pero no había nada que hacer. Ahora era feliz y sus carencias no eran tan perras ni tan absurdas.

La imaginación se había ido con su nostalgia.

Tenía su vida soñada, un lápiz y un papel que amarilleaba con los años, y sólo con eso no se podía hacer nada.

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La última gota

Marzo 29th, 2008 by lisandrorodriguez

Se moría de ganas por marcharse de esa habitación. Ya sabía que las copas eran el diablo, pero aun así, siempre caía en el mismo error. El exceso de coca y alcohol lo habían vuelto a llevar a otra cama ajena donde muchos sábados había amanecido. Pero esa noche no quería dormir ahí. Estaba frustrado y asqueado desde el mismo instante en que vertió sobre ella la última gota de semen. Momentos antes le decía que la quería y que le apasionaba su cuerpo, y ahora tenía que lidiar con preguntas que intentaban comprender la razón de sus prisas. Gracias a Dios siempre había sido avispado en excusas, y así improvisando, salió de la casa con paso demasiado rápido para tan impreciso destino. La dejó en la cama, con una raya preparada en la mesa de cristal y las dos mejillas húmedas en lágrimas de alcohol. Se negaba a sentirse mal. Había sido pactado; desde la primera cerveza. Desde la primera mirada.

Levantó el dedo y cinco segundos después estaba sentado en un taxi. Lléveme donde esté todo el mundo, le dijo sin pensar. El taxista arrancó y subió la música. Sonaba una estúpida balada de los años ochenta. Vaya mierda de canción. Se sentía aliviado después de salir de esa casa, pero algo fallaba. No sabía  qué era. Quizá porque sabía que todo era una farsa.

Y así continuó mientras observaba la ciudad iluminada con molestos destellos en cada farola.

Aun quedaba mucha noche por delante. Quizá tuviera otra oportunidad. Se olvidaba que el amor que buscaba, no salía de marcha los sábados por la noche.

Carretera

Marzo 28th, 2008 by lisandrorodriguez

La carretera le resultaba fascinante. Y no es que le gustara conducir, pero el volver a casa en coche era uno de los mejores momentos del día. Conocía cada curva y cada atajo de memoria; incluso llegó a pensar que lo podría completar con los ojos cerrados.

Durante un rato podía emplear su mente en las cosas que realmente le fascinaban. Escuchaba música, cantaba, recitaba intensos poemas o simplemente inventaba historias. Se dejaba embaucar sin prejuicios por todo tipo de emociones. A veces reía y otras lloraba. Le gustaba llorar. Pensaba que era una de las maneras más intensas de sentirse viva. Lloraba de emoción, de tristeza, de alegría; lloraba con los versos que recitaba y con las historias que inventaba. Era su momento de no esconderse ni cumplir ningún rol; no era empleada, ni esposa, ni hija, ni madre. Era el turno de ser solo ella, y donde brindaba un gran homenaje a su vida.

Una vez el coche cubría su plaza de garaje, giraba la pesada llave a la izquierda un cuarto de vuelta, en el sentido contrario que giró una hora antes. Con ese movimiento se iba la música y su soledad. Abría la puerta y el frío aire de la noche la despejaba 

Cuando llegaba a casa, lo hacía con regocijo por ver a sus hijos y a su marido, a los que quería con desesperación. Pero no sabían de su secreto. Eso era suyo. Era lo único que no quería compartir.

Cuando la tranquilidad y el silencio completaba el hogar y se disponía a dormir, volvía a estar a solas consigo. Con otra historia. Pero ahora estaba cansada. Lo reservaría para dentro de unas horas, cuando la pesada llave vuelva a girar en el sentido de las agujas del reloj.

 

Sentado en el parque

Marzo 25th, 2008 by lisandrorodriguez

El viejo parque no ha cambiado en mucho tiempo. Tiene el mismo aspecto de hace treinta años. Yo sí lo he hecho; sólo mis recuerdos permanecen regalándome viejos momentos vividos.

Y así me paso el día, recordando y mirando a la juventud pasar. Y ellos me miran y se ríen. Y no les reprocho nada. Deben reirse de como los miro y envidio. De como las miro a ellas en busca de calmar un ansia que debería haber desaparecido hace mucho tiempo y así dejarme vivir en paz, que ya es hora.

Porque aunque me veas viejo y casi inválido, yo también he amado y deseado, incluso cuando no debía. He vivido las mieles de la juventud y disfrutado de gloriosos placeres que ahora tanto echo de menos.

Como esa primera mujer que toqué y que ahora estoy más seguro que nunca que jamás olvidaré.

Porque no hay caricia más bella que la que haces al interior del muslo de una veinteañera. Porque no hay piel más dulce; porque es efímera y su dueña jamás volverá a disponer de esa gema que el hombre echará de menos el resto de su vida. Más que ella misma.

Una vez lo has conocido ya estás perdido.

Ahora lo recuerdo.

Ya no miro a las jovenes del parque por sus grandes ofrendas visuales, ni por posibles errores de mis sentidos que me invitan a soñar. Ahora tan sólo me siento en un banco y pienso en esa piel; en ese recuerdo que vuelve después de tanto años y al que le busco maniquí en las bellas caminantes, mientras me cerca un corto futuro color pastel. Ese color que es el mismo que el de la esperanza. Esa esperanza en la que ya no confío pero que su color me pinta de viejo verde.

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¡Feliz Semana Santa!…(¡Ah no! Feliz no…)

Marzo 19th, 2008 by lisandrorodriguez

Era tan católica como la oscuridad absoluta. Como vivir en la más triste de las mentiras.

Tanto poder…tanta belleza, pero era condenadamente fiel a sus creencias y a mi salvación.

Y yo sólo quería salvarme en sus brazos para después vivir condenando nuestra felicidad.

Porque no sé si se puede ser feliz siendo tan creyente; lo que veo, es que no se puede ser tan feliz siendo tan hereje.