Archive for the ‘Cuentos’ Category

La puta

Jueves, Marzo 12th, 2009

 La puta cerró la puerta casi sin despedirse de su último cliente, el cual se le antojó casado y de buena reputación; filántropo, posiblemente empresario y un excelente servidor del Opus Dei. Pensar así le hacía sentir un poco menos vulgar de cómo se creía. Una manera un tanto absurda de compartir su condición.

 

Cerró la vieja persiana que amortiguó los cánticos del acostumbrado grupo de soldados que noche tras noche vociferaban catetos versos sin maldita entonación.

 

El trabajo se acabó por esa noche.

 

Se sentó en la cama y abrió el envase donde guardaba la cena; huevos duros con tomate en rodajas y un refresco. Eso era lo más decente que se echaría a la boca en todo el día.

 

Puso música y ceno acompañada del típico olor de la habitación. Una mezcla compuesta de sábanas que hedían a una mezcolanza infinita de perfumes, unos muebles que apestaban a tabaco y unas paredes que desprendían el cotidiano aroma del asco y la resignación.

 

¡Un secreto!

Lunes, Mayo 5th, 2008

Un mismo secreto fue lo que los separó para siempre.

Hasta su muerte.

Entonces cayó en la más grande de las tumbas comunes, donde descansan los secretos más bellos y crueles; donde renuncian los amores imposibles y otros que quedaron en leves atisbos de pureza y hermosura.

Ya nadie sabrá.

Nació sin pretenderlo, y su destino era pudrirse bajo tierra, en un purgatorio de verdades y mentiras.

Calle abajo

Miércoles, Abril 16th, 2008

Todos los días a la misma hora, un hombre viejo con zapatos sucios y camisa a cuadros camina calle abajo. Probablemente sea un vagabundo en busca de limosna para bebida; o eso es lo que he imaginado hoy.

Siempre que lo veo pienso algo distinto. Creo que depende de la música que en ese momento esté escuchando.

Ahora, todos los días a la misma hora me asomo por la ventana de mi trabajo disimuladamente, a ver qué nuevo misterio me propone ese enigmático personaje que no sabe que lo vigilo, ni yo sé cómo se llama.

¿Bailamos?

Martes, Abril 15th, 2008

Ella bailaba con la triste y anaranjada luz de una mesa de noche; pero lo hacía con entusiasmo, porque para ella era la luna, mientras que para mi no dejaba de ser una insignificante irradiación lumínica.

Con el tiempo empecé a notar una semejanza quizá producida por la seducción de una nostalgia cómoda y tibia.

Hace unos días quise disculparme por mi incomprensión pero ella no me escuchó. Tan sólo tomó mi mano y me invitó a bailar.

Bajo la luz de la luna no hay reproches ni disculpas. Ni ayer ni hoy. Bajo la luz de la luna sólo se baila.

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Los más bellos cuentos (Cuento en Adagio man non troppo)

Miércoles, Abril 2nd, 2008

Los más bellos cuentos salieron de su imaginación el mismo día que la más profunda nostalgia invadió su vida. Era una nostalgia perra y absurda, como todas, pero ésta se diferenciaba por la intensidad de su arraigo. Por eso sus cuentos eran tan bellos y tristes.

Todos sus lectores se sentían identificados con su manera de contar la cotidianeidad; la forma tan sencilla y concisa que tenía de explicar los momentos más sencillos.

Los sentimientos y escenas comunes a todo el mundo, pintadas en frases perfectas y párrafos de coloreadas emociones.

Sus libros alcanzaron verdaderos éxitos de venta y éstas le otorgaron grandes beneficios. Se convirtió en un aclamado escritor; admirado y deseado.

Así, con todas las oportunidades, encontró la riqueza, el amor y la felicidad. Por primera vez, parecía que la prosperidad emocional volvía a su vida.

Tras una merecida pausa, su editorial le pedía otro cuento. Era hora de volver a trabajar.

Se sentó noche tras noche delante de una hoja en blanco. La misma hoja y el mismo blanco que permaneció sobre la misma mesa día tras día.

No lo entendía. Preguntó a profesionales, consultó a médicos, incluso recurrió al esoterismo y a la desesperación, pero no había nada que hacer. Ahora era feliz y sus carencias no eran tan perras ni tan absurdas.

La imaginación se había ido con su nostalgia.

Tenía su vida soñada, un lápiz y un papel que amarilleaba con los años, y sólo con eso no se podía hacer nada.

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Carretera

Viernes, Marzo 28th, 2008

La carretera le resultaba fascinante. Y no es que le gustara conducir, pero el volver a casa en coche era uno de los mejores momentos del día. Conocía cada curva y cada atajo de memoria; incluso llegó a pensar que lo podría completar con los ojos cerrados.

Durante un rato podía emplear su mente en las cosas que realmente le fascinaban. Escuchaba música, cantaba, recitaba intensos poemas o simplemente inventaba historias. Se dejaba embaucar sin prejuicios por todo tipo de emociones. A veces reía y otras lloraba. Le gustaba llorar. Pensaba que era una de las maneras más intensas de sentirse viva. Lloraba de emoción, de tristeza, de alegría; lloraba con los versos que recitaba y con las historias que inventaba. Era su momento de no esconderse ni cumplir ningún rol; no era empleada, ni esposa, ni hija, ni madre. Era el turno de ser solo ella, y donde brindaba un gran homenaje a su vida.

Una vez el coche cubría su plaza de garaje, giraba la pesada llave a la izquierda un cuarto de vuelta, en el sentido contrario que giró una hora antes. Con ese movimiento se iba la música y su soledad. Abría la puerta y el frío aire de la noche la despejaba 

Cuando llegaba a casa, lo hacía con regocijo por ver a sus hijos y a su marido, a los que quería con desesperación. Pero no sabían de su secreto. Eso era suyo. Era lo único que no quería compartir.

Cuando la tranquilidad y el silencio completaba el hogar y se disponía a dormir, volvía a estar a solas consigo. Con otra historia. Pero ahora estaba cansada. Lo reservaría para dentro de unas horas, cuando la pesada llave vuelva a girar en el sentido de las agujas del reloj.

 

Sentado en el parque

Martes, Marzo 25th, 2008

El viejo parque no ha cambiado en mucho tiempo. Tiene el mismo aspecto de hace treinta años. Yo sí lo he hecho; sólo mis recuerdos permanecen regalándome viejos momentos vividos.

Y así me paso el día, recordando y mirando a la juventud pasar. Y ellos me miran y se ríen. Y no les reprocho nada. Deben reirse de como los miro y envidio. De como las miro a ellas en busca de calmar un ansia que debería haber desaparecido hace mucho tiempo y así dejarme vivir en paz, que ya es hora.

Porque aunque me veas viejo y casi inválido, yo también he amado y deseado, incluso cuando no debía. He vivido las mieles de la juventud y disfrutado de gloriosos placeres que ahora tanto echo de menos.

Como esa primera mujer que toqué y que ahora estoy más seguro que nunca que jamás olvidaré.

Porque no hay caricia más bella que la que haces al interior del muslo de una veinteañera. Porque no hay piel más dulce; porque es efímera y su dueña jamás volverá a disponer de esa gema que el hombre echará de menos el resto de su vida. Más que ella misma.

Una vez lo has conocido ya estás perdido.

Ahora lo recuerdo.

Ya no miro a las jovenes del parque por sus grandes ofrendas visuales, ni por posibles errores de mis sentidos que me invitan a soñar. Ahora tan sólo me siento en un banco y pienso en esa piel; en ese recuerdo que vuelve después de tanto años y al que le busco maniquí en las bellas caminantes, mientras me cerca un corto futuro color pastel. Ese color que es el mismo que el de la esperanza. Esa esperanza en la que ya no confío pero que su color me pinta de viejo verde.

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El aroma del café

Lunes, Marzo 10th, 2008

El olor a café recién hecho era el peculiar aroma en casa de Doña Josefa. Fefita, que era como la conocían todos, era vieja. Tan vieja que no se podía saber si tenía ochenta, noventa o cien años. Su casa era grande y muy luminosa, aunque esos días aparentaba más sombría por culpa de un invierno que se había resistido a abandonar una isla con un clima tan estupendo. Su perro “Atleti”, le habían puesto así en recuerdo al equipo de fútbol preferido de su difunto marido, podía tener tantos años como ella, y siempre dormitaba recostado sobre las zapatillas de su dueña.

Yo le subía dos veces a la semana la compra que realizaba en el supermercado, y cuando me veía, me daba dos besos. Siempre se empeñaba en que me tomara una taza de café con ella mientras me contaba aromas de su juventud que siempre asemejé a los del café recién hecho. Era muy Cristiana y excesivamente católica, aunque alguna vez se le escapaba un comentario bastante progre que acompañaba tapándose tímidamente la boca mientras reía maliciosamente.

Hoy hace una semana que murió y francamente, la echo de menos. Su familia ha puesto la casa en venta, y aunque está vacía desde entonces, puedo seguir oliendo el aroma a café cada vez que paso por delante de su puerta; entonces me asoma alguna lágrima que intento disimular ante la mirada de otros vecinos que jamás lo entenderían.

Quizá sea muy sensible, pero…qué puedo hacer.

Ahora, cada vez que llego a casa me preparo un cafecito porque estoy seguro que a “Atleti” le viene bien su aroma para no echarla tanto de menos.

 

 

El abuelo

Lunes, Marzo 3rd, 2008

La mesa estaba acorralada por invitados que esperaban el postre y la ansiada charla del café. Los cigarros habían empezado a encenderse y con ellos emergió la olorosa bruma asfixiante que procuraba el anual ambiente acogedor de la reunión familiar.

Antonio, el más viejo de la familia, presidía la mesa con cara austera y una prominente barriga que asomaba con descaro por debajo de la camisa. El patriarca, como todos lo conocían, era una persona al que los hombres admiraban por sus sabios comentarios y las mujeres veneraban por el respeto que todos le profesaban. Cualquier broma, chiste y juicio que se presentaba en las reuniones iban seguidos de la búsqueda de su mirada, en espera de un ligero esbozo de sonrisa que reflejara su aprobación; pero esa muestra nunca aparecía. Se limitaba a darles grandes chupadas al cigarro mientras chasqueaba la lengua entre sus dientes en busca de los molestos restos de comida a eliminar.

Sólo una persona en toda la familia había sido capaz de plantarle cara a su reservado carácter; su nieta Isabel, que sin tener el don de la palabra ni la conciencia de sus actos, lograba una sonrisa de su abuelo que éste se encargaba de disimular ante el resto de los comensales.

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Una historia de fantasmas

Lunes, Marzo 3rd, 2008

El fantasma volvió al dormitorio para expulsar al último intruso que se atrevió a ocuparlo. En esta ocasión, el importuno invasor era una incrédula que ignoró la leyenda que sobre la casa se cernía, y que parecía no temer a la ineludible muerte ni a la impredecible locura; esa locura que se había llevado a los anteriores entrometidos que osaron invadir el hogar que él mismo había levantado, y donde vivió feliz desde que era un simple cúmulo de sueños; hasta que lo alistaron a la eternidad sin muerte. Porque no estaba vivo ni estaba muerto; era en algún punto de alguna naturaleza donde sólo podía luchar por lo que amó y ama.

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