La puta cerró la puerta casi sin despedirse de su último cliente, el cual se le antojó casado y de buena reputación; filántropo, posiblemente empresario y un excelente servidor del Opus Dei. Pensar así le hacía sentir un poco menos vulgar de cómo se creía. Una manera un tanto absurda de compartir su condición.
Cerró la vieja persiana que amortiguó los cánticos del acostumbrado grupo de soldados que noche tras noche vociferaban catetos versos sin maldita entonación.
El trabajo se acabó por esa noche.
Se sentó en la cama y abrió el envase donde guardaba la cena; huevos duros con tomate en rodajas y un refresco. Eso era lo más decente que se echaría a la boca en todo el día.
Puso música y ceno acompañada del típico olor de la habitación. Una mezcla compuesta de sábanas que hedían a una mezcolanza infinita de perfumes, unos muebles que apestaban a tabaco y unas paredes que desprendían el cotidiano aroma del asco y la resignación.


