El tornillo
Y digo yo, que después de haber pasado la noche dándole vueltas a un tornillo sin cabeza que se resbalaba sin cesar, que quizá debería haber cogido unos alicates con un poco más de realismo, en vez de empecinarme, como siempre, en que las herramientas de toda la vida, de las de antaño…de cuando yo era niño, son perfectas para volver a apretar con fuerza cualquier pieza suelta que roce en el interior de mi cráneo cada vez que me doy la vuelta en la cama. Hoy por la mañana, me di cuenta que en algún momento del REM, el tornillo cesó en sus correrías nocturnas y di por hecho (soy un experto en eso), que volvía a estar completamente sujeto a su sitio. Me agaché bajo la cama, pegué mi cara al suelo para seguir con la vista toda la superficie de mi habitación hasta que el zócalo que rompía el horizonte y cientos, quizá miles de manojos de polvo me indicaron que no estaba el tornillo en el suelo. Agité la cabeza y no sonó nada. Poco a poco me fui incorporando. En el dormitorio la cama permanecía totalmente revuelta, dato inequívoco de la mala noche. Me dirigí a la cocina y vi que los platos se amontonaban en el fregadero, dato inequívoco de una cena copiosa. En el baño la tapa levantada, evidenciando unas prisas.
Estaba todo revuelto, pero debía irme a trabajar.
A la noche siguiente, cuando regresé a casa, volví a cenar y dejé los platos sucios amontonados sobre los que llevaban toda la semana descansando en su nuevo sitio; no cerré la tapa al salir del baño, y me acosté sobre las sábanas revueltas.
El sueño llegó en lo que tardé en masturbarme y leer una página de la mierda de libro que me recomendaste.
Apagué la luz y el tornillo empezó otra vez a sonar.
Debía limpiar un poco la casa…
Sólo por eso; sólo por no dormir bien, lamento tu ausencia. Por lo demás, puedo vivir perfectamente solo.
