Los más bellos cuentos salieron de su imaginación el mismo día que la más profunda nostalgia invadió su vida. Era una nostalgia perra y absurda, como todas, pero ésta se diferenciaba por la intensidad de su arraigo. Por eso sus cuentos eran tan bellos y tristes.
Todos sus lectores se sentían identificados con su manera de contar la cotidianeidad; la forma tan sencilla y concisa que tenía de explicar los momentos más sencillos.
Los sentimientos y escenas comunes a todo el mundo, pintadas en frases perfectas y párrafos de coloreadas emociones.
Sus libros alcanzaron verdaderos éxitos de venta y éstas le otorgaron grandes beneficios. Se convirtió en un aclamado escritor; admirado y deseado.
Así, con todas las oportunidades, encontró la riqueza, el amor y la felicidad. Por primera vez, parecía que la prosperidad emocional volvía a su vida.
Tras una merecida pausa, su editorial le pedía otro cuento. Era hora de volver a trabajar.
Se sentó noche tras noche delante de una hoja en blanco. La misma hoja y el mismo blanco que permaneció sobre la misma mesa día tras día.
No lo entendía. Preguntó a profesionales, consultó a médicos, incluso recurrió al esoterismo y a la desesperación, pero no había nada que hacer. Ahora era feliz y sus carencias no eran tan perras ni tan absurdas.
La imaginación se había ido con su nostalgia.
Tenía su vida soñada, un lápiz y un papel que amarilleaba con los años, y sólo con eso no se podía hacer nada.
