Todos los días a la misma hora, un hombre viejo con zapatos sucios y camisa a cuadros camina calle abajo. Probablemente sea un vagabundo en busca de limosna para bebida; o eso es lo que he imaginado hoy.
Siempre que lo veo pienso algo distinto. Creo que depende de la música que en ese momento esté escuchando.
Ahora, todos los días a la misma hora me asomo por la ventana de mi trabajo disimuladamente, a ver qué nuevo misterio me propone ese enigmático personaje que no sabe que lo vigilo, ni yo sé cómo se llama.
Abril 16th, 2008
Ella bailaba con la triste y anaranjada luz de una mesa de noche; pero lo hacía con entusiasmo, porque para ella era la luna, mientras que para mi no dejaba de ser una insignificante irradiación lumínica.
Con el tiempo empecé a notar una semejanza quizá producida por la seducción de una nostalgia cómoda y tibia.
Hace unos días quise disculparme por mi incomprensión pero ella no me escuchó. Tan sólo tomó mi mano y me invitó a bailar.
Bajo la luz de la luna no hay reproches ni disculpas. Ni ayer ni hoy. Bajo la luz de la luna sólo se baila.

Abril 15th, 2008
No era la primera vez que veía un cadaver, pero esta vez dudaba si realmente estaba muerto. Me extrañaba algunas cosas. No sabía si los movimientos de las extremidades eran impulsos o reflejos post-mortem o reacciones ante las implosiones de órganos fermentando.
Creo que durante un par de segundos fui capaz de ignorar la duda, pero el gen simio que hay en mi hizo despertar mi curiosidad.
Recordé algunos episodios de los digestivos documentales de televisión, en los que unos pacientes chimpances introducían un fino palo por unos agujeros en unos troncos y capturaban diminutas termitas que devoraban como un exquisito manjar.
Decidí imitarlos y utilizar cualquier cosa alargada que pudiera usar de efectiva herramienta médica para comprobar si un cuerpo realmente carecía de vida.
Lo único que encontré fue un cepillo de dientes.
Armado con mi sofisticado artilugio, estiré la mano y le di un golpito al difunto cadaver.
Su cuerpo se revolvió bruscamente y se aferró al incordiante cepillo. Mi reacción fue tirar el elemento de unión lo más lejos posible de mi aversión.
Salí corriendo de la estancia, huyendo del susto y por supuesto, sin prestar auxilio al moribundo.
Moraleja: Aunque en el baño del trabajo no hayan revistas, no intentes entretenerte hurgando a las cucas moribundas.
Abril 4th, 2008
Juegas con la ventaja que te otorga mi dignidad; la misma que provoca tu ira e ignora mi impotencia, pero no mi indiferencia; pues aunque no quiera caer en la pura mezquindad de tu juego, no significa que ahora mismo no lo desee.
Pero no lo lograrás; aunque pierda tu batalla por una emboscada de improperios y vejaciones que te harán marcharte con tu victoria de ignorante y yo quedarme con una bella dignidad idiota, porque la quiero ver linda pero no sirve para nada.
Esa dignidad que quedó a salvo a expensas de mi orgullo.
Abril 2nd, 2008
Los más bellos cuentos salieron de su imaginación el mismo día que la más profunda nostalgia invadió su vida. Era una nostalgia perra y absurda, como todas, pero ésta se diferenciaba por la intensidad de su arraigo. Por eso sus cuentos eran tan bellos y tristes.
Todos sus lectores se sentían identificados con su manera de contar la cotidianeidad; la forma tan sencilla y concisa que tenía de explicar los momentos más sencillos.
Los sentimientos y escenas comunes a todo el mundo, pintadas en frases perfectas y párrafos de coloreadas emociones.
Sus libros alcanzaron verdaderos éxitos de venta y éstas le otorgaron grandes beneficios. Se convirtió en un aclamado escritor; admirado y deseado.
Así, con todas las oportunidades, encontró la riqueza, el amor y la felicidad. Por primera vez, parecía que la prosperidad emocional volvía a su vida.
Tras una merecida pausa, su editorial le pedía otro cuento. Era hora de volver a trabajar.
Se sentó noche tras noche delante de una hoja en blanco. La misma hoja y el mismo blanco que permaneció sobre la misma mesa día tras día.
No lo entendía. Preguntó a profesionales, consultó a médicos, incluso recurrió al esoterismo y a la desesperación, pero no había nada que hacer. Ahora era feliz y sus carencias no eran tan perras ni tan absurdas.
La imaginación se había ido con su nostalgia.
Tenía su vida soñada, un lápiz y un papel que amarilleaba con los años, y sólo con eso no se podía hacer nada.

Abril 2nd, 2008