Perdón
-Cariño, ¿por qué me apuntas con ese revolver? -Sollozaba irregularmente-. Nunca quise hacerte daño. Sólo te ruego que me enseñes. Enséñame a quererte más. Quiero vivir feliz en tu vida.
Ella sostenía el revolver con un endeble objetivo. El deseo de matarlo flaqueaba predeciblemente.
Él continuó:
-…¿Sabes? Todavía sigo sin poder imaginar cuánto te quiero.
Ella no pudo sostener más el revolver; cada palabra que él decía lo volvía más pesado. Y se lo entregó con un gran alivio que súbitamente desapareció al entrar la primera bala en su cráneo.
-¡Puta! Nunca más vuelvas a apuntarme con un revolver.
