-Ya sabes que siempre he sido muy sincera. Odio a las personas que no lo son. Si las cosas son de una manera, porqué disfrazarlas con mentiras piadosas y palabras absurdamente bonitas – Se guardó detrás de la oreja un mechón de pelo que aún no sé si se empecinaba en tomar el aire o en salir corriendo-. La idiocia que rodea todo lo que hace me pone enferma y no lo entiendo.
Su compañera la miraba con los ojos entreabiertos, asintiendo cada palabra que decía. Enervándose gradualmente con los sentimientos trasmitidos por su amiga. Deseando que la próxima palabra alcanzara la culminación de una helada venganza que saciara sus recelos personales en un colosal orgasmo de satisfacción que aunque ajena, haría suya. Suya para siempre.
-Te entiendo, yo también soy muy sincera y cuando me pongo….me pongo.
Yo, que estaba en la mesa más cercana a la de la discordia, cerré mi libro y pensé en silencio.
-Quizá la comprensión sea cuestión de talento. Es horrible, vaya vanidad la mía.
Así que volví a intentar retomar la lectura por donde la había dejado, con la idea de que tarde o temprano la naturaleza terminará dando un golpe de estado.

