Su cuarto estaba inmaculado. Por esa tarea no recibiría un reproche de su madre que últimamente quería evitar a toda costa. Incluso se abstuvo de buscar una emisora de música moderna que no enturbiara la tranquilidad de la casa. Llevaba días intentando ser la hija ejemplar.
Preparó su vestido azul con escote “Dama de honor” y esos pequeños volantes con terminación en finísimo encaje. Cuando lo adquirió a escondidas, no lo hizo por ningún motivo especial… o quizá para no tener que preocuparse por el traje, cuando la vida empezara a sonreírle. Lo estiró en la cama junto a unas sandalias color beige que hacían juego con la bisutería del cuello y un finísimo bolso de mano.
Se metió en la bañera recordando el beso del día anterior y le invadió una pasión que le hizo creerse otra persona. Se tumbó en un exceso de espuma y sintió un tibio erotismo que anuló cualquier tipo de prejuicio. Se acarició su senos como si fuera él. No pudo seguir. Había una prohibición que debía respetar. Un miedo a un castigo eterno que quería evitar a toda costa.
Le preocupaba su madre; que a pesar de haberla advertido de su salida, la viese vestida de esa manera. Últimamente estaba más arisca que nunca y se enardecía por cualquier cosa. No la soportaba, pero era la única persona que hasta ese entonces se preocupaba por ella.
Bajó totalmente emperifollada por las escaleras dirección al salón donde su madre escuchaba a todas horas una oscura emisora católica. Sabía que le esperaba una discusión para la que nunca estaba preparada. Vio a su madre sentada y se paró ante ella para esperar el aluvión de agravios.
-Pareces una sucia ramera.
-Bueno Mamá, estaré aquí en dos horas – Se apresuró a decir dirigiéndose hacia la puerta.
-¿Es que te vas a ir y dejarme aquí sola? – dijo levantándose de su silla y dirigiéndose hacia su hija con paso fulminante – Eres como tu padre. Sólo piensas en ti y en tus cosas. Sales a la calle vestida como una golfa en busca de un hombre que te dejará tirada ¿Qué crees? ¿Qué él es especial? ¿Eh? Son todos iguales…
Su padre “fue a por tabaco” una tarde de Septiembre siendo Lucía un bebé, dejando una mujer en el más profundo desconcierto y una hija con un futuro oscuro. Lucía en un principio reprochó a su padre el abandono que había sufrido, pero con el tiempo entendió que huyera de una mujer llena de resentimiento y amargura, que infestaba de odio todo lo que la rodeaba.
Pero ella no podía hacer eso; al fin y al cabo era su madre.
-Lo siento Mamá, tengo veinticuatro años. He de encaminar mi vida y por primera vez me he enamorado de un hombre que me quiere y respeta. Tienes que entender que todos los hombres no son como Papá.
Su madre lloró de impotencia elevando la voz tanto como pudo mientras seguía los pasos de su hija hacia la puerta.
-¿Cómo Papá? ¿Cómo Papá dices? ¡Todos los hombres son como Papá!. Te dejará tirada como hacen siempre y después vendrás llorando como una golfa arrepentida. Te amargará la vida para siempre y eso hará que te sientas sucia y rastrera. ¿No ves que es lo que intento evitar que te ocurra?
-Mamá, volveré en un par de horas – Concluyó Lucía ignorando a su madre y cerrando la puerta de entrada.
Intentó no tomar en cuenta los amortiguados gritos de su madre que quedaron tras el bastidor, y apresuró el paso en busca de un taxi libre. Pasaron varios minutos de espera y decidió caminar a otra calle más concurrida, de esa manera ayudaría a despejar su cabeza de la angustia que le produjo la última discusión. – Es imposible que todos sean como Papá – se repetía una y otra vez.
La noche se presentaba acogedora y su cabeza idealizó una velada perfecta. Vio la esperanzadora luz verde de un taxi libre en la lejanía y alzó su dedo índice alegrándose de ver sus uñas pintadas de rojo y un manojo de pulseras que le daban un toque atrevido que nunca había tenido. Subió en el viejo vehículo que le iba a llevar a su cita con probablemente media hora de antelación. El chofer, un hombre mayor de tez morena, camisa a rayas empapada en sudor y unas gafas enormes de culo de botella, le conferían la pinta de ser un perdedor triste y resignado. Quizá fuera su padre.
No sería lógico, él huyó de casa, seguro que era un hombre altivo y hecho a si mismo. Al fin y al cabo, es el futuro de los valientes ¿no?.
-Buenas tardes, a la cafetería “Danubio” en la calle 18 de Julio
-Sí señorita.
La voz del taxista era desagradable. Una voz endeble y sin caracter que no aparentaba salir de ese cuerpo sudoroso.
-¿Va de paseo?, se presenta una noche perfecta para pasear.
-Sí, eso parece. Hoy necesito una noche tranquila y espero que no se estropee por el frío
-Parece que tiene una cita importante – Continuó mirándola a través del enorme retrovisor – Perdone el atrevimiento, pero se le ve contenta.
-No se preocupe. Sí, es una cita importante. Para ser franca, es mi segunda cita formal con un chico – No pudo evitar revelar el secreto, al fin y al cabo el taxista se había convertido en la única persona con quien había podido compartirlo, ¿Qué mejor que un desconocido?.
-¡Vaya vaya!. Con razón. Qué ilusión era las primeras citas. Recuerdo con mi mujer que estuve casi dos meses con la misma emoción del primer día.
-Bueno, imagino que ahora las emociones serán distintas.
-Sí señorita, son distintas
El taxista guardó silencio de repente. A ella le hubiese gustado seguir hablando y disponer de la suficiente confianza como para confesarle lo enamorada que estaba. El incómodo silencio se mantuvo largo rato hasta que el conductor lo rompió de repente.
-Doscientas más la nocturnidad, son doscientas treinta pesetas señorita.
Lucía no se había dado cuenta de que el trayecto se había completado. Miró al conductor extrañada y sacó el dinero de su diminuto bolso beige.
-Muchas gracias.
-Gracias a usted señorita y buenas noches.
Lucía cerró la puerta del taxi y lo vio alejarse dejándole un misterioso sabor amargo, pero no iba a dejar que una discusión con su madre y un repentino silencio de un taxista probablemente borracho le amargara la noche.
Caminó por la acera hacia la cafetería descubriendo que la calle estaba abarrotada de parejas cogidas de la mano. Sintió un regocijo al pensar que por primera vez, ella iba a ser “otra más” de esas afortunadas que durante años miraba de soslayo.
Apresuró el paso y entro en la “Danubio”.
Allí estaba Ernesto esperándola con una ramo de rosas.
Era el hombre perfecto. Alto, fuerte, guapo, atento, sexy, comprensivo, de penetrantes ojos grises que la miraban con deseo. Lucía se sentía amada. Se sentía querida por un hombre del cual nunca se habría atrevido a soñar. Nunca permitiría que nadie se interpusiera entre los dos.
-Hola Ernesto.
-Hola Lucía.
-Pensé que no estarías, se me ha hecho muy temprano.
-No te preocupes, a mi también se me ha hecho pronto. Llevo un buen rato esperando por ti – Hizo una pausa, para continuar con las frases que había ensayado todo el día -. Te he echado mucho de menos.
Lucía lo miró ante el inesperado piropo y se ruborizó como una niña. Guardó silencio temblando al sentarse en la silla que le retiraba su…prometido.
-Ejem – carraspeó confusa – la verdad es que me he quedado sin qué decir.
-No tienes porqué decir nada.
-¿Qué tal? ¿cómo estás?
-Un poco cansado. No he pegado ojo en toda la noche.
-Yo tampoco.
No fue necesario explicar el motivo de ambos insomnios. Se miraron con una absurda sonrisa.
-Parecemos dos adolescentes estúpidos – rió avergonzado agachando la cabeza sin dejar de mirarla.
-Sí – respondió casi imperceptiblemente.
El local estaba muy iluminado. Se componía de dos niveles separados por una valla de madera gustosamente trabajada. Los suelos eran de baldosas blancas y verdes que junto a los manteles a también a cuadros naranjas y blancos, le conferían un aspecto muy italiano. Estaba lleno, pero el camarero le reservó la mejor y más discreta mesa de la zona superior. Lo suficientemente oculta para que sólo fuera testigo la derretida vela en un candil de cristal.
El camarero asaltó a la pareja entregándoles una carta adornada con una especie de torre de Pisa. Pidieron vino y ensalada.
-¿Sólo vas a comer ensalada? –Preguntó Lucía.
-Y no creo que vaya a poder con ella.
-Todo esto es una locura Ernesto. Mi madre nunca aceptará que estemos juntos.
-Ya lo sé Luci – La miró esperando que aceptara la abreviación de su nombre y ella sonrió - No he dejado de pensar en eso, pero…no sé…no quiero pensar en nada, tan sólo que transcurra el tiempo…contigo.
Ernesto aspiró una amplia bocanada de aire para que le diera fuerza y le acarició la mano con su dedo índice. Los dos envidiaron el circular movimiento de sus dedos.
-No lo sé Lucía. Estoy completamente aturdido. Yo no esperaba esto ¿sabes?
-Lo entiendo, yo tampoco lo esperaba. Nunca me había sucedido algo parecido. Parezco una niña alocada e inconsciente.
-Sí, yo también lo he pensado. Mi padre solía decirme que la madurez y la coherencia se apartan para rendir pleitesía a lo que verdaderamente te hace sentir vivo.
Lucía miró a los ojos a Ernesto y éste no apartó la mirada como pretendiendo dejar constancia lo importante que era para él. Por fin se podían mirar sin apartar los ojos. Por fin podían demostrarse como se atraían sin temor al rechazo y a la evidencia. Evidenciar es lo que necesitaban ahora. Afirmar todo lo que antes no podían…y más.
-No dejes de mirarme Ernesto por favor.
-Me gustas mucho Lucía. No he dejado de pensar en ti ni un instante.
Se agarraron las manos con fuerza. No quería que llegara la cena. No querían comer. No querían que ocurriera nada que indicara que el tiempo avanzaba. Lucía volvería a su casa y se acostaría en su cama; sola. Y como tantas noches, Ernesto tendría el monopolio de sus pensamientos, hasta que olvidara su cara. Hasta que la venciera el sueño.
Habían pasado dos años desde que vio a Ernesto por primera vez. Recuerda el primer día que lo vio, y como se quedó mirándolo sin cesar, idealizándolo. Tenía esa mezcla entre hombre, niño e indiferencia que tanto la atraía. Sí, indiferencia porque nunca se dignó a mirarla. Nunca pareció percatarse de su presencia. ¿Quién le iba a decir que dos años después estaría cenando con él? ¿Cómo iba a pensar que su sueño se volviera tangible?
-Me gustaste desde la primera vez que te vi.
-¿Hace dos años me decías ayer?
-Sí; dos años hace ya.
-Me gustaría mucho besarte.
-Bésame por favor.
Se besaron de la manera más sutil que se podían besar dos personas. Un beso que tan sólo rozó los labios del otro; recogiendo el olor. Fue un simple acercamiento, como una tropa de avanzadilla que va a inspeccionar el terreno. Una vez inspeccionado, la presión de sus labios aumentó y pronto sus lenguas se engancharon en un recuerdo inolvidable.
El resto de la noche continuó con la comodidad del que ha vencido a su miedo y ya no tiene de que asustarse.
Cenaron, bebieron y se besaron sin parar.
El tiempo pasó como esperaban, rápido y sin miramientos. Salieron a la calle y Ernesto la acompañó al taxi. Lucía se subió al coche tras el último beso y cerró la puerta. El taxi arrancó dejando atrás la mejor noche de su vida. No sabía cuando podría volver a verle.
Su madre la esperaría en casa para su segunda sesión de insultos y vejaciones, pero esta vez no le importaba. Esa noche nada ensombrecería su sueño. Había sido una noche perfecta.
-¿Ya has vuelto puta?- Fue lo primero que escuchó al cerrar la puerta de entrada.
-Hola Mamá. Sí ya he vuelto.
-Ya te has saciado ¿verdad?…como una mona en celo. Ni el agua más bendita podrá arrancarte los pecados que arrastras por tu piel…
Lucía se dirigió a su cama y se desvistió ignorando los gritos que emitía su madre. Había sufrido mucho y era su deber comprender su incomprensión. Era su madre, pero también era su sueño y nada lo estropearía. No esa noche.
Se acostó en su cama y pensó en Ernesto hasta que olvidó su cara.
Las luces del local se estaban apagando cuando entró un hombre con una camisa a rayas que se adhería a la piel por el exceso de sudor. Había aparcado su taxi en doble fila. Abrió la puerta que estaba entreabierta indicando el inmediato cierre del local y se apoyó en la barra.
El local era un bar de mala muerte. Sucio y oscuro; Pareciera que tenía todas las faltas necesarias para un cierre por insalubridad. En la barra quedaban tres borrachos babosos y dos mujeres con comprimidas minifaldas que dilataban unos monumentales muslos llenos de moretones. El dueño del local, un señor (por llamarlo de alguna manera) con un delantal parecido al de un carnicero y un inseparable palillo mondadientes les gritaba que terminaran la copa.
El taxista se acercó a él y le estrechó la mano.
-¿Qué pasa Paco?
-Hola tocayo, ¿Qué tal la noche?
-Bien, no hay mucha gente en la calle pero se hizo algo de dinero – comentó el taxista mientras sacaba el monedero- ¿Te dio mucha lata la chiquilla?
-No no no. Tu sabes que ella se sienta, come lo que quiere y no forma jaleo. Pero ¡coño Paco!, yo no sé…Sabes que no quiero agobiarte pero me da apuro que te estés dejando un dinero cada vez que viene y…
-No me digas ná amigo. No me digas ná. – Comentó visiblemente triste – Ya sabes que es la única ilusión que tengo en mi vida. Desde la muerte de mi esposa no he querido otra cosa que la felicidad de mi hija y ella a su manera lo es…
El barman lo miró con aflicción y le puso la mano en el hombro.
-…déjala que venga – continuó - y no te preocupes si se ríen de verla hablar sola. Ella está contenta así, y así quiero que siga hasta que no me quede más remedio que internarla. El médico dice que tarde o temprano, tendrá que suceder.
-Lo siento Paquito. –Contestó el barman.
-Lo sé tocayo, lo sé. – Contestó con los ojos húmedos mientras carraspeaba para aclararse la voz -Tu hazme el favor y guárdale siempre su mesa preferida.
-Descuida.
-Hasta otra Paco.
El taxista salió cerrando a sus espaldas la puerta del bar, sabiendo que ahí dentro, su hija estaría siempre en buenas manos. Montó en el coche y esperó unos instantes a secarse las lágrimas. Puso el coche en marcha. Su hija estaba durmiendo y no quería dejarla sola mucho rato. Haría lo que fuese por Lucía…
…Era el vivo retrato de su madre.
Metió la marcha mirando a la puerta del sucio bar y vio como todas las luces se apagaban, quedándose solamente encendido el neón que daba nombre al bar. “Danubio”.

Febrero 19th, 2008