Adiós, adiós
Entró en la cafetería con la sonrisa de tener la falda a la altura justa para provocar al hombre que en breve iba a abandonar para siempre. Él sintió exactamente lo mismo, junto al ya típico temblor de rodillas y el fluir de la sangre que le pedía a gritos avalanzarse sobre ella, e inmediatamente olvidó todas las frases que iban a salvar lo que le quedaba de orgullo. Sabía perfectamente a que venía, y en cierto modo lo agradecía. Él era demasiado cobarde para dar ese paso que era tan necesario para su descanso.
La siguió con la mirada hasta que se sentó al otro lado de una mesa que menguaba por momentos. Parecía más alta; Más mayor. Como si fuera él ocho años menor.
El café llegó rápido, y pronto los apurados soplos sobre la taza declararon que la incomodidad del momento estaba durando demasiado.
Y se despidió pidiendo disculpas y acariciándole la mejilla, como a un niño pequeño que consuelan con entenderlo en la madurez de la vida.
Él se quedó allí sentado. El sonido del ambiente volvió a su conciencia y pidió otro café.
Estaba contento. No estaba tan hundido como intuyó todas y cada una de las horas de la noche anterior. Por lo pronto se encontraba bien.
Miró por la ventana, y entre las letras serigrafiadas que daba nombre al local, la vio cruzar despidiéndose de él con contoneantes movimientos.
-Adiós zorra….adiós zorra maravillosa.
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1 Comment Add your own
1. Fasur | Marzo 10th, 2008 at 11:31
Jijijiji… Qué gracioso. Él es la zorra y ella las uvas.
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